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miércoles, 16 de junio de 2010

MOMENTOS


Cuando Pao y yo éramos adolescentes huimos de casa sin saber si volveríamos, Pao era feliz pero a veces lloraba en mi hombro de cartón.

Ella llevaba el hambre en una bolsita negra y yo su alegría en mi mochila vacía.

Besaba los cabellos de Pao y junto a mis besos tropezaba mi voz en su cabeza, diciéndole bajito, eres lo mejor de mi vida y ella se volteaba a mirarme y me sonreía.

Mis bolsillos gastados del pantalón cobijaban las últimas monedas que pude sacar de casa y esa tarde comimos como niños hambrientos una bolsita llena de pan.

Pao y yo no teníamos donde dormir, sin dinero llegamos a una playa, nos sentamos en una alfombra de arena, piedritas y abanicos, conversamos con el viento y las voces de la sal.

Sin darnos cuenta llegó la noche con sus latidos amarillos de luna, aún sus besos de Pao dormían en su boca pero mis besos se acercaban a ella como gaviotas anidando su mirar.

Cubrí su cuerpo con mis brazos, su piel tibia de lana, tejidos de mis agujas que rezurcieron suavemente su mirada.

Sus livianos brazos de Pao tomó mi cuello como un tendedero y nuestra pobreza se escabulló en la mochila que nos sirvió de cabecera.

Su amor hervía en mi pecho formando cadenitas transparentes de agua y como un castillo de arena me desboronaba lentamente en sus manos honradas.

Sus pies se inclinaban como aletas de sirena, mientras mis dedos buscaban sus manos como formando una concha de mar.

Los cabellos de Pao se extendían como siluetas de pulpos en la arena y sus ojos de perla se destilaban al besar.

Mis besos de barco anclaba en su cuello de pecera y mi amor se hundía en su ombligo como un delfín al nadar.

Las olas de Pao llevaron mis olas subterráneas y canoras, nocturnas de amor.

Entrelazados con mi techo de piel en sus senos nos disolvimos con la sal, la noche evaporó nuestras caricias y juntos atados a un corazón morimos a lado de una estrella de mar.


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martes, 1 de junio de 2010

UN AMOR EN LA MESA (Poema V)


Te oigo por las noches en la cocina, me acerco,
te siento junto al olor de la manzanilla
y mis ojos servidos junto a la mesa derraman la sal.

Tu amor emigra en la mantequilla,
en las bolsitas transparentes de té
y en las blancas bolitas de pan.

Tu voz se empoza en mi cuchara vacía,
la sopa amarilla se enfría,
y tus manos calientes no están.

Te ocultas en mi plato de nieve,
el agua hierve,
te evaporas, te vas.

Al pie de la nevera un limón muere,
las verduras se secan de fiebre
y las cebollas se echan a llorar.

Nada se fríe en esta casa,
la carne al pasto, los huevos al nido,
los peces al mar.

Labios secos como madrigueras de cal,
mis besos flacos besan el ras de una taza,
y tus besos que fueron míos
no los besé nunca más.

Manteles castos sin tu boca que limpiar,
tengo el hambre viajando por la panza,
y el corazón estirado con un triste pesar.

Tengo la soledad de una tabla de picar,
el silencio del tomate entre los ojos
por tu amor que amé en mis antojos
y por tu extraña forma de mirar.

La vieja alacena que no guarda más nada
ni la harina que jugaba en tus manos,
ni los chocolates con pasas que te solía comprar.

La mesa, nuestra mesa, tú no estás
me quedó tu alma, tu sonrisa y las cerezas,
y cerca de tu muerte que me acaricia la cabeza
cierro los ojos y me pongo a cocinar.

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miércoles, 26 de mayo de 2010

POEMARIO VI


Páginas de arena, sueños solitarios
que cabalgan en la almohada.

Humo blanco y perfumado de tus labios,
de tus cejas y de tu cara.

Un amor que tropieza en la mejilla
y con los ojos te evapora la mirada.

Vivo con el corazón en un panal,
con el silencio en tu boca
formando sonrisas,
formando calles sin salida
formando algún deseo entre la roca
o simplemente no querer amar.

Mi vida entre nubes abiertas de papel,
con tu nombre exiliado en la brisa
y mi nombre pálido que yacía en la repisa
se ha marchado contigo también.

Tiempo de siempre,
calcinado, cobrizo y oscuro
como el fondo de una taza de café.

Líneas que se escribe en la fogata
con la luz de mi mano,
me acerco,
lloro con los dedos de leña,
sonrojado por tu ausencia,
por las cenizas,
por el color de un amor
que aún de muerto
me flamea la piel.

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miércoles, 19 de mayo de 2010

EL CAPULLO DE MOHE

Mohe fue mi primer amor de adolescencia, un amor zodiacal inexplicable (agua y fuego), un amor muy antónimo para muchos, pero de alguna u otra manera llegamos hasta un largo camino que vivimos hasta sus últimos pasos.

Mohe me enseñó a dormir en aquel capullo que tejimos juntos en aquellos años donde no existía la dependencia a los gélidos celulares ni la necesidad de estar siempre apareados a la computadora.

Mohe tenía el color de mis ojos como un wallpaper y cada vez que la miraba inclinaba sus labios como queriendo sonreír y al mismo tiempo preparándose para entibiar sus besos en mi boca.

Mohe caminaba conmigo por la apacible Av. Chile para escondernos del sonido de otras calles, amaba el silencio de sus besos inesperados, sus dormilones abrazos en la cintura que no despertaban jamás.

Mohe me cantaba canciones asiáticas muy cerca de mis labios acústicos y sin darme cuenta iba atardeciendo sus ojos en mi delgado hombro hasta quedarse completamente dormida, soñando quizá con nuestro niño dando su primer paso sujetado de nuestros índices.

Mohe tenía un dulce aroma disuelto en sus cabellos fotogénicos y sus manos hablaban con una caricia suave todo su amor, un amor que quedó indeleble en mi rostro, en mis ojos, en mis lágrimas y en la atmósfera de algodón de mi vieja almohada.

Mohe se llevó su sonrisa albina muy lejos de aquí, me dejó su voz indagando en el aire que a veces no logro oír. Mi vida en su cuerpo canela, mis pies que la sintieron partir, me quiso, nos quisimos y a lo lejos, inerte, con el amor hundido entre mi sombra le siembro un poco de luz y lo dejo ir.

Mohe se fue lejos de los cisnes y lejos de los jardines con flores amarillas que nunca vimos morir. Me vi llorar encima de su mirada de invierno y la vi llorar con sus ojos transparentes. No sé cuanto nos quisimos, pero sea diminuto o mucho el amor que nos dimos, es algo que ni la distancia ni el olvido los borrará para siempre.

Jesús Ssicha Leer más...

sábado, 15 de mayo de 2010

EL PULGAR QUE PERDIÓ EL CORAZÓN

Desde el día que no tengo celular siento que mi dedo pulgar se ha quedado sin corazón, no he podido presentarle otra marca u otro modelo porque él siempre extrañará a su morena Motorola que cada vez que lo veía se llenaba de luz y vibraba con tal sólo sentir su presencia.

Recuerdo cuando se conocieron, se quedaron toda la noche en medio de pequeñas constelaciones multimedia, se descubrieron, se enamoraron y desde ese día soñaron una vida juntos en medio de mi almohada.

Ella se levantaba tiernamente muy temprano con una melodía de amor ("Dil Chura Le") y él silenciosamente se acercaba a darle su primer beso en su diminuto botón de algodón.

Él no podía vivir sin ella, era la luz de sus ojos dactilares, su energía de todas las mañanas, era el dedo más feliz del mundo que había tenido entre mis manos, pasaba el tiempo y ella un día murió por las tantas caídas que da la vida, él no supo que hacer, se desesperó y trataba de animarla dándole pequeños besos que nunca tuvieron respuestas.

Cada mañana él esperaba la voz de su amada que yacía solitaria y silenciosa al pie de un cargador y cables USB’S. Mis manos transpiraban las lágrimas de él y yo cada vez me sentía más culpable de todos los culpables, fui muy descuidado y sin darme cuenta había asesinado la alegría de un pedacito de mí, lo dejé desvalido y sin ganas de apretarme la nariz.

Había pasado una semana y prometí a mi dedo recuperar a su primer amor, juntos la cargamos y le llenamos de energía a pesar de que ella no daba señales de luz, pero sabíamos que ella se pondría mejor, ella nos sentía, ella quería vivir.

Dejamos a la morena Motorola en manos de otros dedos que sabían su profesión, mi dedo resignado y con algo de recelos me arañaba la garganta mientras nos alejábamos de ella.

Cuando llegamos a casa, él juntó mis manos y nos pusimos a rezar junto a la almohada donde ella solía cantarnos al oído, recuerdo que ella saltaba y se escabullía por toda la cama y a veces amanecía debajo de alguna silla o dentro de un zapato.

Salimos de la casa en busca de buenas noticias, él por la ansiedad se había olvidado de limarse el cabello, será que a veces el amor nos distrae y a veces nos olvidamos hasta de nosotros mismos.

Cuando llegamos, unas manos maravillosas nos entregaron a nuestra morocha, lucía hermosa, casi como el primer día en que él la vió y casi como el primer día él la llenó de besos nuevos y perpetuos. Desde ese momento él la cuidó más y no dejaba que sufra otra distracción mía, ella se sabía incontables canciones y siempre nos hacía bailar, llorar y reír con sus videos, ella ha guardado en su buena memoria tantos momentos juntos, tenía una perfecta noción del tiempo y muchas veces que me he sentido solo ella me hacia acordar en su lista de contactos que en realidad tengo muchos amigos.

A pasado un mes desde que nos arrancaron de nuestros corazones a nuestra morocha Motorola, unos pillos se la llevaron bruscamente, mi dedo quedó nuevamente destrozado sin querer volver a besar a otra. Temo decirle a él que ella posiblemente haya sido formateada, ya no somos parte de su presente y quizá nunca más la volvamos a ver en nuestra tibia cabecera.

Pero morena linda si algún día te acuerdas de nosotros, recuerda que mi gordito ama tu tacto, el color nocturno de tu carcasa, la viajera brisa de tu voz, el skin de tu pecho y la alegría de tus teclas al recibir un mensaje de amor.

Jesús Ssicha

Escena musical "Dil Chura Le" de la película Dil Ka rishta.
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miércoles, 12 de mayo de 2010

UNA NIÑA VIRTUAL

Conocí a una niña que nunca vio el brillo de mis ojos, ni tocó mis manos blindadas de caricias, pero algunas veces oyó mi voz abstracta dentro de un puñado de aire. Ella apareció cuando aún mi corazón tardaba en cerrarse por las heridas de amor que uno ni se explica por qué son tan dolorosas y difíciles de ocultar. La niña de mis sueños virtuales que no guarda las palabras para su soledad, ni la alegría para sus labios, ni sus penas indescifrables para su boca.

Mi niña me hace sentir bien, escribe con bondad y no tenerla en línea y cerca a mis contactos admitidos hace que todo me haga falta. Vivo con la necesidad de su palabra, de oírla en mi nuevo celular mientras endulzo un café o mientras estoy camino al trabajo.

Ella vive dentro de mis sueños más agradables, también dentro de mi Facebook, de mi Hi5 y de mi más amado Messenger.

Vivimos con diferentes identidades, tenemos más de dos e-mail y somos tan volubles e inestables como cualquier ‘nick’, a veces ella puede ser totalmente mi amiga, mi hermana, mi único amor con nombres diferentes, pero como se llame lo único que me importa es que sea feliz como ella es, pues un nombre no cambia nuestra manera de ser, sólo cambia la manera en que nos puedan llamar.

Todos los días leo su ‘nick’ sin destinatario y actualizado con algunas frases de amor, para luego ver mi bandeja de entrada llena de 'spam' que abro con recelo al igual que a mi temeroso corazón, pero la quiero en la distancia, sabiendo que podemos ser tan diferentes como un IP, igual la quiero porque su voz ausente hace que la escuche debajo de mis labios y su mirada a lo lejos hace que la tenga mas cerca de mis ojos ESET.

Eres la niña virtual, cabello negro, sonrisa blanca, piel anochecida e iluminada según tus fotos en JPEG, adoro tus estrellas que vagan por tu cuello de papel.

Extraño el campo de tu pecho, el GIF animado de tu boca cuando ríes, cuando lloras, cuando no tienes a quien querer.

Me despido, te despides con el miedo de no volvernos a ver. Te vas, me dejas junto a una ventanita de pixel. Te quiero, me quieres y sin pensarlo de otro modo no te dejaría de querer.

Sleep mi niña, gracias Internet.

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jueves, 29 de abril de 2010

UN PEQUEÑO VIAJE A TU CORAZÓN


Era una noche suave, casi fría, como cuando abres la nevera y solo ves una sombra blanca que aun respira. Yo mire tus ojos, tú miraste los míos y como dos candelabros torpes entrelazados se encendían.

Caminamos mientras hablabas de que alguien te quería y yo con la mirada sorprendida y en silencio mantenía mis ojos sobre ti, pues no quería dejarte, sólo quería que descubrieses lo que mi corazón secretamente escondía.

A muchos metros la catedral ya dormía y tus manos y mis manos transpiraban mientras tus labios se reían.

Yo me acerqué a ti y no me atrevía, quería sentirme de ti aunque no eres mía.

Quería besarte porque ya era mucho lo que me atraía, pero no pude porque tu sonrisa y tu mirada pura me envestía.

La noche era amable como para jugar por la avenida y cruzar la pista sin pensar que amanecía.

Aún no era tarde para correr por esa vía y tomar tus manos blancas para cuidar tu vida.

Tomamos un bus que nos llevó a casa y como siempre te hice reír y me reía, y tu dolor era fugaz y donde íbamos siempre iba tu alegría.

Me despedí triste, con los brazos en espera de su última ruta de libertad.

Eras clara a pesar de la noche que me decía que quizá esto no podría ser verdad.

Te soñé esa noche y me enamoré de ti en una inmensa soledad:
Primero fui una fosa, luego un velero a medio litoral y finalmente fui un beso… un beso tuyo a medio terminar.

Sabía que no podía amarte porque el amor era lejano y ajeno pero tu sombra y mi sombra como un soplo aventurado llegaron a juntarse esa bella noche.

No sé si estoy buscándote ahora, o quizá algún día te llegaré a amar,
pero te busqué desde mucho antes, más que ahora… mucho más.

Volví a ti como vuelve el amor al corazón infinito y te adoré apasionado, por inercia, por tus virtudes, por nuestros instintos.

No sé si amas a otro con la misma ternura y con el mismo secreto de tus ojos ligeramente solitarios.

A veces siento celos existenciales y divinos, celos que indagan, que no me ponen a salvo desde que nos conocimos.

Los días pasaron como una atmósfera de caricias, casi palpable y con demasiada ilusión. Nos separamos y nos volvimos a juntar por el sonido, por la mirada y por tantas cosas que provocó nuestro intenso amor.

Una noche me exilié en ti, en tus brazos albinos, en tus besos náufragos y duraderos. Te pertenecí y ambos encadenamos nuestros cuerpos tibios entre sábanas de menta, entre hogueras y entre pequeños y suavizados invernaderos.

Te quise con el amor verdadero, quise a Dios por un instante, quise un sueño para ti y que cuando despertarás te hubiese regresado a tu niñez y te hubiese buscado con un par de monedas para invitarte a la catedral que tanto te gustaba verla dormidita de noche.

Tiemblo al pensar que tienes que vivir este día con la salud intranquila, que te me vas que te me quedas en este corto viaje que viví hasta el último segundo de mi vida.

Así fue que te miré y me miraste y otra vez en alguna tarde me preguntaré sin que los sepas… ¿volveré a amarte?

Jesús Ssicha Leer más...